10.10.07

Apuntes sobre el silencio y el capitalismo


La fuerza de la República descansa en un conjunto de valores, en la solidez argumental de la plena Libertad, el compromiso con Igualdad, la apuesta por la Fraternidad, el respeto a la Diversidad, la asunción de la Transparencia y Austeridad en la gestión de los asuntos públicos... la limitación, separación y recíproco autocontrol entre quienes ejerzan el poder, la sujeción de todos a las mismas leyes, la efectiva participación popular en el gobierno, la revocabilidad de los mandatos.

El cuestionamiento de la ilegitimidad de quienes usurpan la autoridad de los poderes públicos mediante procedimientos antidemocráticos, es un debate intemporal, que en mayor o menor medida, se encuentra detrás del alumbramiento de la mayor parte de los procesos revolucionarios que han tenido lugar a través de la Historia.

Para que dicho cuestionamiento pueda encauzarse por vías pacíficas, es imprescindible que se respete la libertad de expresión, que no se prohíban las ideas; es necesario que se consienta su difusión y que se actúe contra el embrutecimiento masivo que hace que las semillas de la ilustración caigan en tierras yermas.

Desde el principio de los tiempos, el efecto combinado de los ciclos macroeconómicos y ciertos estilos de gobierno, forzaron al Pueblo a la revolución contra la injusticia, cada vez que ésta se hacía insostenible. La revolución como respuesta lógica ante la ruptura de los umbrales de inestabilidad política. Causa y efecto del sentimiento de impotencia... aquello del "no hay derecho"… en resumen, la espita de la Libertad.

Pero la Historia demuestra que no hace falta ningún Pericles, Voltaire, Montesquieu, Rousseau, Marx, Engels, Nin, Moore, Bakunin, Lenin, Kropotkin, Unamuno, Campoamor, Allende, Negri o Anguita para que el Pueblo se dé cuenta de la necesidad de librarse del yugo de los embusteros, ladrones, brujos, dictadores, monarcas y demás escoria parásita.

A lo largo de la Historia, la revolución mediante la fuerza bruta, fue el último recurso de la ciudadanía frente a la pretensión esclavizadora de todo tipo de opresores. La violencia como autodefensa era la única salida para los millones de camaradas que nos precedieron en nuestra lucha contra el capital. El capital, ese conjunto de intereses, amorfo y cambiante, que de una u otra forma encontramos detrás de la esencia de lo injusto: vivir a costa de los demás, llevado hasta el extremo.

No es de extrañar, pues, que la violencia fuera la consecuencia lógica ante la negación de los derechos políticos del hombre, particularmente, la represión de toda forma de libertad, el sometimiento a lo inexplicable, a lo acientífico, someter porque sí, contra lógica y razón.

Durante siglos estuvo prohibido tener y sostener toda opinión que supusiera un cuestionamiento del poder establecido. De hecho, la prohibición de las ideas peligrosas, su persecución, destrucción, confusión, embrutecimiento, distracción y criminalización sigue vigente en nuestros días, a través de procedimientos cada vez más diversos: unas veces sofisticados y otras veces más bruscos. El por qué es bien sencillo: lo arbitrario necesita del engaño y el uso, o la amenaza con el uso de la fuerza para subsistir.

A falta de derechos políticos, cuando la opresión se hacía insostenible, el Pueblo solía estallar en revolución, porque la lucha contra la opresión es inexorable. Someter al Pueblo es como detener el mar... pobres de aquellos que confiaron en la perpetuidad de las aguas templadas, cuan estúpidos los que quisieron dominar la Naturaleza con juegos de luces, puentes y paredes... la experiencia demuestra que el mar, al igual que la ciudadanía, siempre termina por desbordar los límites de cualquier artificio que se le imponga.

Más allá de la revolución embrutecida, con el tiempo alcanzamos la Ilustración… en gran medida, gracias a los medios técnicos que hicieron posible acumular y generalizar el alcance del pensamiento; gracias –en primer lugar– a la imprenta y –más tarde– a las telecomunicaciones, la razón ha encontrado el cauce para perseguir la victoria final: la revolución de las ideas.

La propagación de la idea escrita fue la causa principal de que el Género Humano tomara conciencia de si mismo. Una toma de conciencia que, unida a la necesidad de romper las cadenas del sometimiento a lo arbitrario, provocó la asimilación de un determinado conjunto de valores y por él, la necesidad de un cambio de base, que más pronto que tarde terminará por abrir las grandes alamedas por donde pasará el hombre libre.

Frente a nosotros se encuentran los intereses de quienes se empeñan en poseer los frutos del trabajo ajeno, los que pretenden poseer riquezas que ni siquiera pueden abarcar, los que ven normal tener de más, cuando todavía hay quien no tiene ni lo indispensable. Ellos, los capitalistas y su reflejo armado, son los mismos en cualquier época: cambian unos nombres por otros, unos mitos por otros, unos tabúes por otros, unas mentiras por otras, pero al final son los mismos de siempre: los capitalistas son los beneficiarios de lo arbitrario.

Nosotros, los que sabemos que la tierra no es de nadie y que sus frutos son de todos, somos los que siempre hemos mantenido vivo el espíritu de la participación de la ciudadanía en los asuntos de la Cosa Pública. Este concepto tiene un nombre: Democracia, y en nuestro país de países, la Democracia tiene un sinónimo: República. Algo tan simple como el reconocimiento de que todo el poder pertenece al Pueblo, en contraposición a cualquier forma opuesta al interés de la comunidad, particularmente, en contraposición a la monarquía.

República, que no es solo el cambio de una palabra, ni la inclusión de un color más. La fuerza de la República descansa en un conjunto de valores, en la solidez argumental de la plena Libertad, el compromiso con Igualdad, la apuesta por la Fraternidad, el respeto a la Diversidad, la asunción de la Transparencia y Austeridad en la gestión de los asuntos públicos... la limitación, separación y recíproco autocontrol entre quienes ejerzan el poder, la sujeción de todos a las mismas leyes, la efectiva participación popular en el gobierno, la revocabilidad de los mandatos…

Por eso, porque "Monarquía Parlamentaria" es un disfraz semántico de contrasentidos tales como "Dictadura Relativa" o "Tiranía Participativa", nosotros los republicanos, abogamos por un argumento tan sencillo como inalterable: solo el Pueblo puede decidir por si mismo, ergo nadie puede hacerlo en su lugar, ninguna voluntad individual puede prevalecer sobre el interés de la comunidad, no es legítimo que unos pocos –acaso únicamente uno– pretendan arrogarse la tutela de los destinos, derechos, obligaciones y gestión de los intereses de todos los demás.

Saramago bautizó nuestra época como la Era de la Mentira, y no le falta razón… si acaso, me atrevería a extender el alcance temporal de su afirmación: basta echar un vistazo a la Historia, para darnos cuenta de que cualquier época podría tener tal nombre.

Lo arbitrario requiere de fuerza y engaño a partes iguales, y buena parte de cualquier engaño radica en la prohibición de lo cierto, aunque sea evidente. Por eso, la institución injusta por antonomasia, la defensa de los intereses particulares del monarca, requiere silenciar la razón crítica. Su Majestad necesita combinar el factor disuasorio de su carácter armado, con el secuestro de dibujos, el enjuiciamiento de la quema de fotos, la sanción de las palabras… y el fusilamiento de las ideas. Todo, para conservar el ilegítimo conjunto de privilegios que conocemos como "monarquía", el gobierno de uno.

Lo vergonzoso es que el partido socialista se avenga a este engaño masivo, ellos, que dicen representar los intereses de la clase obrera, se avienen a escenificar esta obra vieja, compartiendo escenario con el partido franquista… Ahí tenemos al primer ministro de Su Majestad, sacándole las castañas del fuego al becario del dictador, tildándonos de "grupúsculos radicales", a nosotros, los que pretendemos cosas tan absurdas, como que la jefatura del Estado sea un cargo público ; cosas como abundar en la separación de poderes; defendemos excentricidades como que se deje de pagar los sueldos de miles de catequistas con cargo al Erario Público… ¿Qué tiene de malo afirmar que "quien quiera un cura, que se lo pague"?

Denunciamos que el gobierno designe a los fiscales asu conveniencia y antojo; defendemos la renuncia a la guerra como instrumento de política nacional (e internacional); defendemos el poder de la palabra y las urnas, para resolver cualquier asunto de interés público, incluyendo la organización territorial, la demarcación de las fronteras, el modelo de organización de la estructura y flujos económicos de la sociedad.

Hoy más que nunca, debemos luchar por mantener intacta nuestra libertad de expresión, sea cual sea la forma que le demos. Silenciarnos es el mejor camino para mantener nuestra sumisión al interés de lo arbitrario, una arbitrariedad que no reposa en una sola cabeza coronada, por más que esta sea el símbolo supremo de la injusticia, ni el franquismo era solo Franco, ni la monarquía es solo Borbón.

Necesitamos nuestra libertad de expresión para librarnos de los borbones, de los botines, los laras, los entrecanales, los delpino, los polancos, los marchs, los ortegas, los nozaledas, las klopowitz, los cortinas, los alcóceres, los florentinos, los riveros, los berlusconis, los portillos, los abellós y en general, sometidos a la voluntad de cualquiera que pretenda usurpar para si, algo que a todos pertenece: la riqueza y nuestra libertad para decidir sobre ella, en paz y beneficio de absolutamente todos por igual.

¡Salud y República!

Jaume d'Urgell, Ponencia pronunciada en el evento "Monarquía vs. Libertad de expresión", celebrado el lunes, 8 de octubre de 2007, organizado por el Colectivo de Ciudad Lineal por la Tercera República.


1 comentario:

Anónimo dijo...

Pienso que para vosotros puede tener interés el siguiente artículo. No se refiere directamente al PC. m-L. Pero hace referencia a toda una correinte histórica que de alguna manera tienes relación con vosotros.

http://ffulla.blogspot.com/2007/10/los-marxistas-leninistas-en-europa-modo.html

 
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