15.11.07

Peregrina


Parte primera.
Ella, quieta, expectante, atormentada. Acababa de cometer un grave pecado, temiendo moverse se acercó al cuerpo inmóvil y tocándolo, lo notó tibio, al quitar la mano la descubrió manchada de sangre. Un terror como no había conocido la recorrió y ese impulso primero la inundó, el correr se volvió lo más importante, el alma aullante, del cuerpo sin vida, la perseguía. En su desenfrenada carrera por huir se descubrió en medio del cementerio de su pequeña ciudad, nichos y un olor a humo la envolvían, los cristos y las vírgenes, suplicantes, la increpaban a marcharse.
En medio de esa soledad, un aire frío la mecía, estaba sentada en frente de un nicho, extrañamente familiar, abrazaba su cuerpo, mientras, se movía hacía atrás y adelante, como una niña autista en una de sus crisis. Cuando se estaba introduciendo cada vez más en su total inopia, los gritos de millones de gargantas, sonando al unísono, llenaron su cabeza y no sus oídos, veía sangre por los suelos y paredes, rodeándola sin dejar mancha, como virgen rodeada de pecado, en su cabeza y no por sus ojos. No podía moverse, millones de brazos y manos la agarraban con fuerza.
Una figura se perfiló delante de ella, inundando el espacio vacío, de grandeza y malos augurios, llenándola a ella de desesperanza y terror. Más y más la figura fue tornándose nítida, apareció un rostro blanquecino casi cadavérico, junto a una mirada llena de odio y rencor y unos labios rojos como sangre.


Parte segunda.
Alargué una mano para poder tocar el rostro de la mujer de hierro, de la mujer fría e impasible que se aparecía de repente ante mí, en ese pequeño cementerio. No sabía su nombre, pero si sabía algo era que esa mujer me había estado esperando allí mucho, mucho tiempo. En instantes, el espacio que segundos antes nos había rodeado desapareció.
¿Con qué propósito me agarraba del brazo y trasportaba por sendas lejanas? ¿Qué quería mostrarme con tanta vehemencia? ¿Qué necesitaba decirme y no era capaz de mostrar su fría lengua?
Creí ver entre su pelo un mechón rubio, lo deseché de mi mente, pero poco a poco mientras viajábamos por esas veredas su pelo se tornaba más claro, se volvió rubio y su mano, fría como témpano al principio, se me antojaba más cálida.
A mi alrededor pasaban miles de estrellas, lejanas, cercanas, algunas tenían ya nombre y a otras yo se las pondría, todo giraba y aunque mi estomago pugnaba por salir y mis pies por ir a su libre albedrío allí estaban ellas, mirándome y la mano cálida ya, de la sin nombre.
En un instante todo paró, y el vacío de sonidos, olores y en fin de sentimientos se llenó cual esponja tirada al mar. Me cegaba la luz, pues había estado acompañada solo de mis estrellas lejanas y una mano cálida, me inundé de olores y no distinguía ninguno pues todos eran preferidos y reconocibles a mi olfato y en mi memoria, me quedé sorda pues el murmullo del río, el trino de pájaro, el aletear del abejorro y hasta mi propia respiración me parecían escandalosas al lado del silencio mudo que recorrió nuestro sendero.
Cuando mis sentidos empezaron a acostumbrarse al aire, al sonido, al suelo, en fin a todo lo que me rodeaba, noté como un brazo y una mano me sujetaban para no caer, dejé que la completa desconocida me ayudara a sentarme, después me dijo algo así como que iba a por agua y que vendría enseguida, su voz me resultaba vagamente familiar.


Parte tercera.
Mi mente embotellada parecía que poco a poco iba recuperando su lucidez habitual y mis sentidos iban recuperando sus habilidades, era capaz de sostenerme en pie pero aun no me atrevía a abrir los ojos. Me eché en la hierba que me rodeaba, estaba fresca, mojada y me dormí durante un rato, me despertó la voz de la desconocida que había viajado conmigo y un olor a carne quemada que me recordó que tenía hambre, no abrí los ojos enseguida como solía hacer sino que me hice la dormida mientras escuchaba la cancioncilla que tarareaba la voz melodiosa, me seguía pareciendo muy familiar. Abrí los ojos poco a poco temiendo haberme quedado ciega, pero eso no sucedió, ante mi apareció un paisaje espectacular lleno de color y exuberancia, una selva tropical nos rodeaba y una cascada dejaba a nuestro alrededor la típica bruma, estábamos cerca del lago pero lo suficientemente lejos para protegernos de los animales del río, el agua era cristalina e incluso desde la distancia en la que me encontraba distinguía los enormes peces. Noté la sonrisa y la mirada de la desconocida y cuando me aventuré a mirarla solo pude ver su alma, su alma en sus ojos, en su boca, en su nariz, en su gesto, en su pelo y en esa sonrisa que tantos años había añorado. Empecé a llorar como la niña pequeña que abandonó hace ya 11 años, ella era la verdad echa nombre, ella era aletheia, se acercó e hizo un amago de abrazarme pero yo zafándome de ese abrazo salí corriendo hacia la cascada, cuando mi pie estaba apunto de tocar el agua cristalina su voz resonó por el lugar diciendo dos palabras que sesgaron mi alma, mi mente y mi corazón.
-Perdón.

Parte cuarta
-No te puedo perdonar.-Dije entre sollozos dándome la vuelta lentamente.
-No me perdones.-
-No te puedo olvidar.- Dije mirándola a los ojos y limpiando como podía mis lagrimas.
-No me olvides.
Me alejé del río y volví sobre mis pasos, ella estaba de pie, observándome, midiendo mis movimientos. Su brazo se acercó al mío, su mano empezó a acariciar mi rostro humedecido por mis lágrimas acuciantes, y sus labios al fin se juntaron a los míos, un beso cálido y apasionado. Y el pecado se hizo beso.
Segundos después, el silbido atronador de las balas nos rodeaban, el paisaje cambió en un instante, la selva frondosa se transformó en un desierto atestado de cadáveres, mujeres, hombres y niños, con los ojos, que parecían mirarme con odio como si yo tuviera la culpa de su sufrimiento, y las bocas abiertas en un grito mudo, devorados por las llamas, los insectos y las inclemencias del tiempo, era un paisaje dantesco, el estomago se me quería salir de su lugar, y el hedor hacia del aire casi irrespirable. Las bombas, los sonidos de las metralletas, los gritos desgarradores de dolor se oían por todos los lugares de aquel terrible paisaje.
-Parezco peregrina en mundos desconocidos en mi propio mundo y padezco mi peregrinar por mi desden hacia los prejuicios, por tu marcha, por nuestro supuesto pecado, por las que sufren en este mundo y son de nuestra misma condición…gomenasai aletheia…
-Te perdono.


...Peregrina de las Estrellas...

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