31.7.08

Educación y religión

JOSÉ MANUEL BARREAL SAN MARTÍN

El estatus de la religión en la enseñanza pública obligatoria vuelve a estar en el debate por mor de la falta de rigor, seriedad y autoridad del Gobierno español y de las autoridades educativas autonómicas (léase, Asturias).

En la ya vieja polémica no suele analizarse, tal vez por un exceso de celo en el «respeto» a las creencias, el contenido de la asignatura. Mas son los sectores eclesiásticos y sus afines quienes al hablar de ese contenido aluden a la educación religiosa como un aspecto esencial en la formación integral de los niños y de las niñas. Como estoy de acuerdo en que, efectivamente, la enseñanza religiosa influye en el comportamiento individual y social de las personas, y asimismo espero coincidir en que el respeto a las creencias debe estar subordinado al respeto a la verdad, trataré de explicitar en este escrito uno de los cuatro pilares sobre los que, a mi entender, se sustenta la creencia religiosa y, más concretamente, la católica. Me refiero a la creencia en la Iglesia como portadora de valores educativos. Los otros tres pilares serían la creencia en Dios, la creencia en el alma inmortal y el sinsentido de la Trinidad y del hombre (Jesús, Dios).

Vayamos, pues, a analizar la «creencia en la Iglesia», por estar más -la Iglesia- en el mundo tangible. Sabiendo que son muchas las personas creyentes que muestran un hondo desacuerdo con ciertas actitudes (pasadas y presentes) de su Iglesia, sostengo, sin embargo, que esta institución no es la mejor opción educadora de los niños y de los jóvenes.

Desde que la Iglesia se incorporó al poder, los tribunales de la Inquisición dictaron sentencias execrables: prisión, tortura, tormento, así como la muerte en patíbulo, abrasado, ahorcado, decapitado, agarrotado o descuartizado. Valiéndose de la fuerza bruta a la que denominaban derecho (canónico, penal?), perseguían y persiguen, aunque de modo más sibilino, a laicos, ateos, apóstatas, homosexuales, etcétera. Trono y altar se aliaron y se alían para explotar y conservar -hoy, con la connivencia y la colaboración del Gobierno de España- el productivo estatus económico que permite vivir bien y con comodidad a la jerarquía de cardenales y obispos, así como a sectores del clero de base. Siendo, como son, miembros de una empresa privada llamada Iglesia católica.

La historia de las naciones y de los pueblos está llena de disparates eclesiásticos, consentidos unos y propiciados otros. Como ejemplo y en nuestro país, la «pacífica» dictadura del Generalísimo innombrable, apoyada entre asfixiantes nubes de incienso y bajo el palio del nacionalcatolicismo, cometió horribles genocidios, asesinatos y saqueos, aún impunes, paseándose durante cuarenta años con la bendición de curas, obispos y cardenales.

La Conferencia Episcopal española, heredera del cardenal Gomá y compañía, ahora con Blázquez, Cañizares, Rouco... que tilda de inmoral a todas aquellas personas que le negamos la patente de interpretar la vida y los actos libres de cada uno de nosotros, es la misma que siempre ha perseguido a los que luchan por liberarse de las cadenas; la que llamándose iglesia de los pobres celebra los fastos vaticanos, con el Sumo Pontífice Faraón entronizado y ataviado con ropajes y complementos de seda, perlas, oro y plata; es, en fin, la de los jerarcas de la curia que recibe a dictadores y a diplomáticos luciendo condecoraciones y medallas. Y, en su caso, concediéndolas.

Por lo dicho y por lo callado, entiendo que esta institución religiosa donde debería educar es en sus lares y dejar en paz y buena armonía a la escuela pública, a su alumnado, padres y madres y personal docente. Claro que para ello es imprescindible dos cosas: la supresión de subvenciones a la enseñanza privada religiosa y la ruptura incuestionable de los acuerdos con el Vaticano, así como cualquier ayuda económica a cualquier religión.

No obstante, muchas personas que dicen no ser creyentes se dejan llevar por el qué dirán y, pensando que la enseñanza religiosa «mal no les hará», dan a sus hijos e hijas el permiso para la catequesis en la escuela. El proceso de enseñanza y educación que se espera de la escuela ayuda a formar personas que sepan buscar y reconocer la verdad y afrontar los hechos como son, haciéndolas responsables de sus actos, sobre todo, ante sí mismas, como parte de una educación para la libertad, la fraternidad y la solidaridad. La educación religiosa, desde mi punto de vista, dificulta lo anterior gravemente. No es compatible que los niños y las niñas aprendan a observar, pensar y sacar conclusiones correctas de sus observaciones, basadas en la detección de causas y efectos, con hacerles creer en seres, lugares y sucesos de los que la falta de pruebas o al menos las dudas son las notas dominantes. Entiendo que ello afecta profundamente a la visión del mundo que a raíz de esas «lecciones» se forjan en su psiquismo: almas, espíritus, ángeles, demonios, Dios, cielo, infierno, purgatorio, milagros, premoniciones, resurrecciones.

Me parece, como mínimo, impropio que las personas dotadas, como estamos, de un cerebro capaz de notables proezas intelectuales y morales -también de lo contrario- podamos caer servilmente bajo una visión paranormal y sobrenatural de la realidad. Pero es una opción legítima. Lo que se convierte en una abyección es propiciar esa visión manipuladora en las edades en que somos más susceptibles: en la infancia y en la escuela pública. Lo que se propugna aquí es precisamente favorecer que las mentes sean lo más libres y poderosas posibles. Incluyendo entre sus posibilidades de elección, por descontado, a la propia religión contra la que aquí me posiciono y a otras formas de renuncia, abandono o rebeldía contra la realidad.

El dominico Giordano Bruno, sacrificado en la hoguera por la Inquisición en 1600, dijo: «Las religiones no son más que un conjunto de supersticiones útiles para mantener bajo control a los pueblos ignorantes». Ciento cincuenta años después Voltaire, filósofo francés, escribía: «La religión existe desde que el primer hipócrita encontró al primer imbécil»... A la luz actual, podemos decir que ¿exageraban?

1 comentario:

BERNARDO MUNIESA BRITO dijo...

Amigos de Libertad Siete: La Transición llamada "democrática! la hicieron
Ellos, los franquistas del sector, digamos, más inteligente, o neofranquista.
La Constitución actual legitima el genocidio del general innombrable pero cuyo
nombre debe ser recordado a las nuevas generaciones: Francisco Fanco, aquel al
que el escritor francés (y católico, por ende) Georges Bernanos
llamó el "General Episcopal", añadiendo que "por allí donde pisa debe
sacudirse las botas para deshacerse de las calaveras de sus propias víctimas"
("Los cementerios bajo la Luna"). Digan lo que quieran los "demócratas
transitivos" (los Felipe, Guerra, Carrillo... y demás bufones
transaccionistas), porque ellos contribuyeron decisivamente a "legitimar"
(constitucionalmente) el genocidio perpetrado por los fascistas y su caudillo
Franco, bendecidos apostólica y romanamente por la Iglesia Católica. ¡Es de
escándalo! ¡Cómo una sociedad civil puede vivir con esa carga encima! Pues
porque esa sociedad civil no existe, ya que ha sido suplantada por la sociedad
política neofranquistizada. Salud, resistencia, dignidad y verdad.

BERNARDO MUNIESA BRITO

muniesa@ub.edu

 
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