30.9.09

Septiembre del 75. Los disparos de salida de la monarquía borbónica.

Los fusilamientos del 27 de septiembre de 1975, más que el fin de una dictadura, son el comienzo del régimen continuista que aún hoy nos toca vivir.
Tomás Pellicer | Para Kaos en la Red | 28-9-2009 a las 17:45 | 452 lecturas | 12 comentarios
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Se suele decir, con eufemismos o metáforas, dulcificadas o doctrinarias, que los fusilamientos del 27 de septiembre de 1975 fueron “el último zarpazo del criminal”; “el coletazo de la bestia moribunda”; “el genocida que murió matando”; “el fin de la sanguinaria dictadura fascista”; etcétera, etcétera y etcétera.

No estoy en absoluto de acuerdo. No creo que sean ciertas tales afirmaciones. Y hay hoy, pensadores no doctrinarios que formulan otros supuestos.

Franco, el general genocida, estaba muerto en tales fechas. El miserable anciano, carcomido por el mal de Parkinson –degenerativo del circuito neural- era una momia petrificada, sostenida por sofisticadas máquinas que lo mantenían en vida aparente.

El 9 de julio de 1974, Franco, enfermo, delega sus poderes en su sucesor, el heredero Juan Carlos, que de forma interina se convierte en el nuevo jefe del estado fascista. Y salen a la luz pública las contradicciones entre los sectores de la clase franquista. La interinidad del sucesor, vistos los enfrentamientos internos y la debilidad del relevo, acaba el 2 de septiembre de ese mismo año. Entretanto se ha constituido la Junta Democrática (PCE-PSP-CCOO…) y el PSOE anuncia su “pacto para la libertad”. La clase franquista, a contra pelo, anuncia su “reforma política”. La dictadura fascista es consciente que carece de continuidad, como tal régimen.

El 26 de agosto de 1975 entra en vigor el decreto-ley de “prevención del terrorismo” y el 26 de septiembre, un día antes de los fusilamientos, el ministerio del interior airea su “éxito”: casi trescientos detenidos en un mes (habría que añadir al menos un cero más). Exactamente da la cifra de 290 personas detenidas en un mes, relacionadas con organizaciones ilegales. Estos son los números que ofrece, con sus pertenencias a las respectivas organizaciones: 38 a militantes o cómplices de ETA, 103 a activistas del FRAP, 32 a miembros de la ORT (Organización Revolucionaria de Trabajadores) y más de 115 a otras organizaciones ilegales. De estos últimos: 2 de UPG (Unión do Povo Galego) que pasan a jurisdicción militar, más otros jóvenes y una mujer por reunión ilegal, en Coruña; trece del PTE (Partido del Trabajo de España y la Joven Guardia Roja, en Sevilla; 76 en Barcelona, tres de la JGR, “varios individuos” de filiación anarquista, tres del Movimiento Libertario Español, cinco del MCE (Movimiento Comunista de España y tres del PRE (Partido Revolucionario de España); o­nce en Vigo, en una manifestación; cuatro en Murcia del COAR; trece en Barcelona del FAC (Front d’Alliberament Catalá); cuatro trabajadores en Gijón, en una asamblea ilegal; 35 del PTE, desarticulado en Zaragoza…

Ni se concluye de la nota, ni se sabe, si detuvieron a alguien del PCE o de CCOO. Del PSOE, desde luego, se sabe que a nadie.

La brutal represión alcanzó a los grupos partidarios de la “ruptura”, el “cambio revolucionario” “el derrocamiento” o dicho más simplemente: a los grupos revolucionarios. Estuvieran por el empleo de la violencia revolucionaria o no. Para entendernos ahora, (antes éstos eran simplemente “la izquierda”) barrieron a la “extrema izquierda”. A la izquierda combativa contra el franquismo en los últimos años. A la izquierda a la izquierda del PCE.

El 21 de septiembre, confirmadas las o­nce penas de muerte dictadas por los consejos de guerra, el PCF (Partido Comunista Francés) convoca a una gran manifestación de protesta en París. Georges Marchais, su secretario general encabezó la marcha, junto con multitud de sus dirigentes. Pero a su lado no se encontró a ningún dirigente del PCE. Ni Carrillo, que vivía en París, ni Pasionaria, ni Gallego, ni Lister, ni… nadie. El PCE no asistió a la manifestación. (Quisiera estar equivocado y encontrar el comunicado de condena –ahora tan de moda- del PCE)

¿Por qué?

Las clases en liza, en aquel año de 1975, algunos meses antes de la muerte real del dictador.

El capitalismo nacional. En los últimos años del franquismo ha experimentado un espectacular desarrollo con la entrada de las multinacionales en el sector secundario: automóvil (FASA, FORD, Motor Iberíca, Citroën,..); químicas; construcción… La dictadura autárquica impuesta es un corsé que impide su crecimiento. Los obsoletos monopolios estatales: petróleos, telecomunicaciones, acerías, aeronáuticas, armamentísticas, energéticas, SEAT… bajo la corrupta gerencia de una pléyade de comisionistas adictos al régimen es un lastre para su crecimiento. El capitalismo apuesta por el sistema político que le es propio: la democracia.

La clase franquista. Cuarenta años de dictadura fascista han generado una autentica clase social, con sus privilegios inherentes. Excombatientes, falangistas, requetés, huérfanos y viudas de falangistas y requetés. Divisionistas nacional-socialistas, jubilados militares, brigadistas político sociales, jueces jubilados y en activo, de los Tribunales de Orden Público, jubilados y en activo de los Tribunales Militares. Funcionarios de falange de la Confederación Nacional Sindicalista, sindicato único con más de 50.000 empleados. Funcionarios del partido único, el partido fascista, el movimiento nacional, con otros tantos. Funcionarios de la administración pública, adictos al régimen, otros tantos o bastantes más. Y los decisivos comisionistas corruptos del INI y los monopolios del estado. Sus intereses como clase son el continuismo, aún siendo evidente para ellos que la dictadura carece de continuidad como tal. En ningún caso, unos u otros, moderados o radicales, contemplan la pérdida del más mínimo de sus privilegios: sueldos, trabajos, comisiones o puestos de gerencia.

La clase obrera. Debilitada por la represión de postguerra, apenas organizada, la aspiración mayoritaria de los sectores organizados es la legalización de partidos y sindicatos de clase, a imagen de sus congéneres europeos, y su participación en la gestión de las cuentas sociales. Mayoritariamente su opción es la democracia. Con matices de reformas más o menos profundas del aparato del estado. Pero en ningún caso contempla la opción revolucionaria. La destrucción del estado no constituye para ella una apuesta seria y real.

Las clases populares progresistas, intelectuales, estudiantes universitarios, nacionalistas… En los últimos años de la dictadura son quienes han llevado el peso del combate frontal y ellas son quienes han recogido las aspiraciones históricas de progreso, laicismo y cultura. Y contra ellas se emplea a fondo la brutalidad de los cuerpos represivos franquistas. Son el enemigo a batir.

Primavera de 1975. Comienza la lucha.

Los grupos revolucionarios y/o rupturistas, ante la debilidad aparente del dictador, se lanzaron frontalmente a la acción. La dictadura contestó de manera brutal, barriendo de forma asesina cualquier aspiración rupturista. Pero… el régimen estaba negociando. Desde finales de 1974 hay un corredor de mensajeros entre la llamada “oposición democrática” y el régimen fascista. La clase franquista, con los fusilamientos del 27 de septiembre, deja claras sus pretensiones. Pone en la mesa de negociación los cinco crímenes como apuesta de fuerza y manifiesto de intenciones: su continuidad como clase es inamovible; su aparato del estado es intocable; procederá con “mano dura” contra las movilizaciones callejeras y las veleidades revolucionarias. Y la izquierda doméstica agacha la cabeza y acepta continuar la negociación, rebajando sus pretensiones hasta las posiciones del franquismo.

Tras la muerte real del dictador, no volvió a haber consejos de guerra ni fusilamientos “legales” pero, la calle se convirtió en un autentico paredón donde se estrellaron las aspiraciones populares de una reforma más profunda. Manuel Fraga, cabeza de la clase continuista, lo manifestó claramente: “¡La calle es mía!”, vociferó al ordenar la ejecución de los cinco obreros de Vitoria.

Los fusilamientos del 27 de septiembre, más que el fin de una dictadura, son el comienzo del régimen continuista que aún hoy nos toca vivir.

Las aspiraciones históricas de progreso de los pueblos ibéricos están aún sin resolver.

27 de septiembre de 2009. Tomás Pellicer.

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