1.11.10

La guerra de las divisas, dos aportaciones.

China-USA: La guerra ha comenzado.

Bueno, ¿y qué? ¿En qué puede afectarme?, pensará quizás usted.

Y además, ¿qué guerra?


La guerra de divisas. Se trata de la guerra de las monedas.


Y tiene usted razón. Si no tiene una hipoteca, si no le preocupa el paro (el suyo o el de alguien de su familia), si no le preocupa que le suban el alquiler, si no tiene hijos o si las pensiones de sus mayores son magníficas, si le da igual que en, pongamos, dos o tres años, la inflación se dispare y los precios aumenten un, por ejemplo, 8 o 9 por cien anual, y si todos los miembros de su familia tiene ya un piso en propiedad y ya pagado... entonces la guerra de las divisas no debe de preocuparle. Aunque, pensándolo bien, si ese fuese su perfil, quizás usted no estaría leyendo este artículo. Resumiendo: Estados Unidos no crece. Desde los años setenta se ha ido liquidando a sus clases medias. El país vive a crédito, se ha superendeudado. Como no puede crecer en el interior porque el consumo está por los suelos y el paro por las nubes, sólo le queda exportar. Exportar más e importar menos para equilibrar su balanza comercial.


Es decir, que necesita que otros compren más sus productos.


Los chinos por ejemplo.


Para que los chinos compren más productos USA hacen falta dos cosas:


Primero, que la moneda china, el yuan, se revalorice (que suba con relación al dólar). Así los productos americanos serán más baratos (en yuanes) para los chinos, y podrán comprar más. Segundo, que los tipos de interés en China sigan bajos, es decir que la gente se pueda endeudar para comprar más...favoreciendo una burbuja china, que traería inflación al país. Este es el plan de Wall Street, y el programa de Obama. Hay que hacer bajar al dólar como sea. Imprimiendo si es preciso otro billón de fotocopias verdes, dólares, perdón.


Pero, como nunca nada es perfecto, los chinos no están de acuerdo. En lugar de comprar más productos de fuera, prefieren seguir vendiendo los suyos. Y para seguir siendo competitivos, necesitan mantener el yuan infravalorado. Y parece que tampoco quieren inflación. Así que no dejan subir al yuan y han subido la semana pasada sus propios tipos de interés. Justo lo contrario de lo que quieren los americanos. Y para más guasa han puesto a los pollos USA un arancel del 100%. Después de la gripe del pollo, la guerra del pollo.


Bien pensado, los chinos tienen además otra razón de peso para estar descontentos. Han ido comprando muchos activos USA, sobre todo Bonos del Tesoro, en dólares naturalmente. Detentan más de dos billones de dólares de deuda americana. Aceptar una devaluación del dólar de un 20% supondría entonces una pérdida equivalente (400 mil millones de dólares). Esa es la rebajita que piden los americanos.


La guerra está servida. Los chinos mantienen su moneda anclada al dólar y andan comprando deuda griega, irlandesa, española también por cierto, compran yenes japoneses... Compran todo lo que haga falta para hacer subir esas monedas (euro y yen) con relación al yuan. Así las empresas de esos países podrán seguir comprando productos chinos.


Esto es una guerra comercial en toda regla.


La última gran oleada de medidas proteccionistas en los años 30 trajo como consecuencia la Segunda Guerra Mundial. De acuerdo, hoy la situación es muy diferente, pero nadie sabe como puede acabar esto. Hay cosas con las que es mejor no jugar.


De momento, un euro fuerte castiga las exportaciones españolas (bienes de equipo, químicas, moda, etc). Casi el 50% de éstas se venden fuera de la Unión Europea. Esto significa menos pedidos y más paro. Más nubes en el horizonte.


Además, como a pesar de esto a los alemanes no les va mal (están creciendo a casi el 4%), y ellos temen la inflación, ya están comenzando a pensar en –moderadas– subidas de tipos de interés en la zona euro. El encargado de ir lanzando esas amenazas es el Banco Central Europeo. De concretarse, acabarían de arruinar a Portugal, Grecia, Irlanda y España.


Bernanke y sus fotocopias verdes son un foco de futura inflación. Se quiere convertir a China en otro foco de inflación. Como estamos en una crisis de endeudamiento, la –futura– inflación hará descender el peso de la deuda sobre el Producto Interior Bruto nominal. Así se borran las deudas sin necesidad de llegar a guerras de las otras. Ese es el plan.


Estamos en la tercera fase de la crisis. Primero, la crisis del endeudamiento privado (con raíces inmobiliarias) y el casi-hundimiento del sistema financiero. Segundo, la crisis de la deuda hace peligrar a los propios estados (Grecia, Irlanda...). Tercero, los estados se pelean entre sí. La tercera es con mucho la fase más peligrosa. Las consecuencias pueden ser devastadoras. En ese punto estamos, y la reunión del G 20 de este fin de semana no ha resuelto nada, buenas palabras aparte.


Los Estados Unidos no quieren aceptar que han vivido muchos años por encima de sus posibilidades, que no se puede vivir de deudas, que no se pueden pagar deudas con más deudas. Han vivido en una fiesta continua (no hablamos de los 40 millones de pobres estadounidenses). No quieren cambiar. Quieren que otros paguen la cuenta.


Llegará la inflación, subirán los tipos de interés, la subida de las hipotecas perjudicará a muchas personas, las materias primas subirán, y con ellas muchos precios. A la vez los estados reducirán gastos, es decir que empeorará la sanidad y la educación, las pensiones se reducirán (ya están en ello), y, en general, la vida se pondrá más difícil. Ajuste, le llaman.


Eso, suponiendo que los demás acepten pagar, que los emergentes –China– acepten revaluar sus monedas.


En caso contrario, Estados Unidos amenaza implícitamente con una doble recesión, con una deflación que sería la única vía posible para obtener la devaluación del dólar. Entonces entraríamos en un periodo negro a nivel mundial, habría que olvidarse de cualquier tipo de crecimiento y el paro se dispararía mucho más.


Así que quizás si que merezca la pena seguir lo que vaya pasando con esa guerra de las divisas.


* Ver:
Las colaboraciones de Amigos de Ediciones el Garaje 



La guerra de las divisas y el G-20

JUAN FRANCISCO MARTÍN SECO
Economista
La guerra de las divisas permite descubrir la causa última de la crisis actual. La desregulación financiera y la libre circulación de capitales producen en los países enormes déficits y superávits por cuenta corriente, generando cuantiosos desequilibrios entre países deudores y acreedores. Estos desequilibrios precisan para su solución un realineamiento de las divisas. Los países con superávit, como China o Alemania, no pueden pretender seguir creciendo sólo a base de exportaciones y de empobrecer al vecino, porque, una vez empobrecido este, ellos tampoco podrán seguir exportando y los resultados serán la deflación y la crisis internacional.
La guerra de divisas es sin duda peligrosa, pero más aún lo es el que algunos países se empeñen en tener un tipo de cambio infravalorado artificialmente, entre otras razones porque conduce de forma inevitable a políticas proteccionistas, entre las que se encontrarán las propias devaluaciones competitivas. Alemania reprocha a EEUU que esté depreciando el dólar mediante la expansión monetaria, cuando el país germánico sería el menos autorizado para realizar esa crítica, ya que se aprovecha de su pertenencia a la Unión Monetaria que impide, al menos parcialmente, la revalorización de su divisa, y además se niega a realizar una política expansiva que pudiera reducir el superávit de su balanza de pagos.
EEUU pretende que el G-20 acuerde que los estados no puedan contraer superávits y déficits exteriores por encima del 4%. Curiosamente, es la misma propuesta que Keynes, representando a Inglaterra, formuló en las reuniones previas a Bretton Woods y que EEUU –entonces país acreedor– no aceptó. Ahora, parece que China, Alemania y demás países acreedores también la rechazan. Las circunstancias, sin embargo, han cambiado. EEUU hoy no es la Inglaterra de los años cuarenta, exhausta después de la Segunda Guerra Mundial y que tuvo que aceptar todas las pretensiones de Norteamérica y, por otra parte, los países no cuentan en la actualidad con la posibilidad de instrumentar políticas de control de cambios. A pesar de que los mandatarios internacionales lo nieguen, todo indica que, si no se asumen medidas similares a las planteadas por EEUU, la sucesión de devaluaciones competitivas será inevitable, excepto para los países deficitarios de la eurozona que no podrán llevarlas a cabo, lo que situará a sus economías en condiciones muy delicadas
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