26.2.11

Cuaderno de crisis/26

 En mientrastanto.e Numero 89, del mes de marzo de 2011 por Albert Recio Andreu
La revolución del mundo árabe
I
La cadena de revueltas populares que sacude el Norte de África y Oriente Medio nos coloca a los espectadores europeos —otra cosa no somos—  ante la visión de una oleada de revoluciones como las que conocíamos  por lectura: 1848, 1868, el ciclo del final de la Primera Guerra Mundial... Sabemos poco de los procesos sociales que han conducido a esta situación. Para la mayoría de nosotros el mundo islámico sigue siendo, pese a la proximidad, un gran desconocido. Aunque alguno de nuestros pocos informadores fiables  (Edmund Said, Juan Goytisolo, Gemma Martin...) llevaban tiempo advirtiéndonos que la gente estaba harta de la represión y la miseria a las que les sometían los corruptos gobiernos que dominan la región. Las imágenes de estos días son realmente asombrosas y nos retrotraen a experiencias de otros tiempos, como las de algunas fases de la transición española, o las movilizaciones contra la guerra de Irak, por poner dos referencias locales. Gente variopinta, manifestándose masivamente por un cambio en la situación. Y es que, ya nos lo explicó E.P. Thomson en su análisis de los orígenes de la clase obrera británica,  los procesos sociales profundos suelen atraer a personas de diferente extracción social, por más que el carácter del movimiento lo den unas determinadas ideas o demandas sociales. También en el mundo árabe, se ha generado esta especial coalición de personas, de procedencias sociales diversas (por más que en el caso egipcio parece que el papel de las huelgas obreras de los trabajadores textiles de Mahalla el Kubra y de los operadores del canal de Suez ha tenido un papel importante en la gestación y marcha del proceso). Una coalición que además incluye a personas de diferente credo religioso, a mujeres vestidas a la occidental o portadoras del velo... Ha sido, de nuevo, una revuelta social compleja, en la que seguramente coexisten distintas aspiraciones y demandas sociales que, al menos para nosotros, quedan más o menos encubiertas por la ausencia de un liderazgo claro que exprese cuál es el núcleo de demandas básico, más allá del odio al tirano de turno, a la corrupción de la oligarquía y a la necesidad de garantizar libertades básicas. Es también un toque de atención a todos aquellos que sólo ven fundamentalistas potenciales en nuestros vecinos árabes y han podido presenciar una tensión cívica, democrática, parecida la que hemos vivido nosotros en épocas de euforia social.

II

Como no soy experto en el mundo árabe no voy a tratar de explicar las revueltas, sus movimientos, sus corrientes políticas. Supongo que aunque la misma se haya extendido como un reguero por distintos países, en cada uno de ellos hay dinámicas, fuerzas políticas, correlaciones de fuerza distintas y habrá que ver en los próximos meses cómo evolucionan estos procesos. Lo que sí me parece oportuno plantear es la relación de nuestras sociedades con el conflicto, los retos que plantean estas revoluciones democráticas y su imbricación con la crisis general.

Había muchos motivos para las revueltas, pero no parece descabellado considerar que la economía haya jugado algún papel, en especial el alza de los precios alimenticios. Una cuestión que empieza a afectar a bastantes países y que es especialmente relevante en un mundo árabe que es, globalmente, un importador neto de cereales. De hecho estos países habían experimentado un aumento importante de las importaciones en los últimos años fruto de su crecimiento demográfico y del aumento del consumo per capita. El alza de los precios alimentarios es siempre un desastre para los pobres. En las tensiones actuales subyacen diversos factores: un aumento de la demanda (especialmente en los países en desarrollo) por la combinación de crecimiento demográfico y cambios en el consumo, una relativa restricción de la oferta generada tanto por algunas políticas específicas (particularmente la de la Unión Europea) y el desvío de parte de la producción de alimentos hacia la producción de biocombustibles, una climatología inestable (esta vez ha sido la sequía rusa), aunque queda por ver si es un efecto directo del cambio climático o si simplemente estamos ante un fenómeno normal de inestabilidad climática magnificado por la creciente especialización espacial que está generando la globalización. Y todo ello magnificado por el funcionamiento de los mercados especulativos de materias primas, que no hacen sino incrementar los efectos en los precios de los desequilibrios estructurales.

Sea cual fuere el papel que hayan jugado estos aumentos de precios en el desencadenamiento del proceso hay un hecho destacable: la probabilidad de nuevos aumentos de precios alimentarios, con un impacto sin duda más desestabilizador en países como los del mundo árabe, que difícilmente van a conseguir capacidad de autoabastecimiento en años venideros. El alza de los precios alimentarios afecta siempre a los consumidores más pobres (y pocas veces sirve para cambiar la fortuna de los campesinos pobres), genera graves problemas de supervivencia. Garantizar una alimentación sana y suficiente a todo el mundo debe formar parte de cualquier proyecto político decente. Y sabemos que ello conlleva reorganizar el funcionamiento de todo el ciclo alimentario, desde las formas de producción a los modelos de consumo, pasando por las pautas de regulación y organización del proceso.
III

Los alimentos no explican ni la revuelta ni la historia pasada. Es evidente que la desastrosa historia de dictaduras en el mundo árabe está directamente relacionada con el pasado colonial y el presente neocolonial. Con la existencia y con la política expansionista del estado de Israel, él mismo un producto nacido en parte por la mala conciencia europea por los crímenes perpetrados a la población judía, y en parte por la voluntad de implantar una “marca europea” en medio del mundo islámico (al fin y al cabo las cruzadas fueron el primer intento, fracasado, de crear “nuevas europas” y algo tiene el estado israelí de “nueva cruzada occidental”). Y sin duda también tiene mucho que ver el papel de estos países como principales productores de petróleo (o controladores del flujo de suministros, papel que juega Egipto en el canal de Suez). O su contribución al “control del flujo migratorio”  hacia Europa. Los emires, los Mubarak, Gadafi, Ben Alí etc., han explotado por cuenta propia, pero también han sido unos aliados imprescindibles a la hora de garantizar petróleo barato y flujos migratorios controlados. Las economías capitalistas reales dependen crucialmente del control de estos elementos y temen más a una democracia igualitaria que a los tiranos. Han conseguido que una parte sustancial de la población occidental apoye estas políticas. La sangre y la miseria del Oriente Medio, la historia de represión, de marginación social y de explotación semiesclavista (especialmente funcional en la economía de los estados del Golfo Pérsico) es la contrapartida al suministro de petróleo barato. También han garantizado la paz de los turistas en Marruecos, Túnez o Egipto. Y se han presentado como una barrera a la invasión de los bárbaros. El miedo al integrismo ha constituido la mejor coartada moral para que millones de europeos siguieran mirando de espaldas o con desprecio a la otra orilla del Mediterráneo y se despreocuparan cuando sus gobiernos apoyaban un golpe de estado en Argelia, o vendían armas a los tiranos. Una realidad que no permite muchos optimismos sobre el devenir de estas revoluciones. Demasiadas fuerzas van a conspirar para que al final el “statu quo” no se rompa.
IV

Seguramente las aspiraciones de los millones de personas que han salido a la calle en las ciudades del Norte de Africa y Oriente Medio son variopintas. Pero parece razonable suponer que muchas de sus exigencias son parecidas a las nuestras, o que simplemente tratan de alcanzar nuestras condiciones de vida, tanto materiales como políticas. Empleos dignos, un nivel de bienestar aceptable, posibilidades de realización personal, libertad en la vida cotidiana... Unas demandas que exigen, como siempre, una combinación de derechos sociales y políticos.

Pero es difícil que este “programa básico” pueda realizarse sin cambios generales. Nuestro modelo de consumo es imposible de universalizar. Los cambios que se están produciendo en las sociedades occidentales más bien indican que estamos experimentado un proceso de jibarización de derechos para la mayoría y de reforzamiento de privilegios. Sin un plan de acción común, sin una transformación de la economía global, va ser difícil que las esperanzas actuales no acaben en una nueva frustración.

Desde este punto de vista tenemos que asumir estas revoluciones como una llamada al cosmopolitismo activo. Si algo ponen en cuestión estos procesos es la estrechez de miras del eurocrentrismo que ha predominado en buena parte de la izquierda tradicional. Los insurgentes egipcios, tunecinos, libios, yemeníes, marroquíes, bahrenianos... nos apelan a plantearnos tres cuestiones clave: la necesidad de reformular los proyectos económicos en clave universal, la necesidad de construir un verdadero movimiento planetario en defensa de un modelo social igualitario y sostenible, la obligación de luchar siempre contra cualquier modelo de tiranía política sea cual sea su vestimenta. Una salida justa de la crisis actual también pasa por dar respuestas a estas demandas. Nuestra solidaridad con estos millones de personas no puede reducirse, una vez mas, a la mirada compasiva del occidental colonizador: debe ser agradecida y responsable hacia aquellos que nos han vuelto a recordar dónde esta uno de los nudos gordianos que es urgente cortar.

 
También los salarios

En esta crisis la derecha económica parece seguir la “estrategia del salchichón”: primero se corta una punta, después el trozo que sigue y así sucesivamente hasta comérselo todo. Pasito a pasito. No han tenido tiempo los sindicatos de tratar de presentar como victoria su aceptación del recorte de las pensiones (en la que sólo han conseguido introducir pequeños paliativos), cuando ya están siendo atacados en un nuevo flanco: el del modelo salarial.

Como ha ocurrido en el tema de la austeridad fiscal y las pensiones, la presidenta alemana Angel Merkel se ha erigido en portavoz de unas propuestas que en seguida han contado con la aprobación de los corifeos del neoliberalismo patrio (neoliberales que no desdeñan sus cargos de funcionarios públicos, sea en el Banco de España o en las Universidades).
No sé si con los pactos se ha conseguido parar el desmantelamiento del modelo de negociación colectiva y la instauración del modelo a la americana, donde solo existen convenios en aquellas empresas donde los sindicatos consiguen sobrevivir. Es más probable que al final se salven las formas pero se introduzcan tantos mecanismos de flexibilización que se produzca una pérdida de la cobertura efectiva de los convenios en las pequeñas empresas. Un espacio donde ya actualmente los convenios y las leyes no siempre se cumplen. La andanada actual se dirige hacia otro elemento de la negociación: el papel que tiene la evolución de los precios en la fijación de los salarios.

Como la evolución de los precios afecta al salario real (a nuestro poder adquisitivo) los sindicatos siempre han considerado que hay que tomar el nivel de inflación como un elemento a tener en cuenta a la hora de negociar salarios. Como aquella es a menudo difícil de prever, uno de los mecanismos posibles es el introducir una cláusula de revisión que compense la caída de salario real que se ha producido desde la firma del convenio. Las fórmulas para introducir esa cláusula son diversas, pero el principio es el mismo.

Hace ya muchos años que estos mecanismos de indexación de los salarios han sido cuestionados por los economistas neoliberales, alegando que su existencia refuerza las espirales inflacionistas. Ya en los Pactos de la Moncloa se cambió el sistema de evaluación de la inflación (en lugar de compensar la pérdida de poder adquisitivo en 1977 —más del 27%— se introdujo la previsión para 1978 —menor—) y después el diseño de las cláusulas de revisión ha tratado de compatibilizarse con la moderación salarial. Es cierto que en este período los mecanismos de revisión se eliminaron en bastantes países, pero hay que ser cuidadosos con las comparaciones porque las diferencias entre sistemas de negociación colectiva se encuentran en muchos aspectos.

Ahora el “diktat” dice que hay que olvidarse de la inflación y negociar sólo los aumentos de productividad. Una variable por sí misma difícil de medir y no exenta de trampas diversas. Pero aun aceptando que esta variable fuera de fácil medición, se siguen planteando preguntas importantes. Cualquier buen estudiante de economía aprende que un aumento de los salarios equivalente al aumento de la productividad y la inflación deja inalterados los costes laborales medios reales y la distribución del producto entre salarios y beneficios. Fijar los aumentos salariales en términos de productividad implica que los patronos van a beneficiarse de toda la caída de salario real generada por la inflación. En este caso cualquier proceso inflacionario provoca una caída de la participación de los salarios en la renta. Más o menos esto es lo que se pretende al apelar a la productividad (algo que suena a bueno) y criticar la inflación. Los defensores del argumento aluden (otra vieja historia, de los años setenta) que en muchos casos se trata de una inflación “importada” vía aumento de las materias primas (petróleo. etc.) y que la indexación de los salarios lo único que haría sería reforzar la inflación interna. O sea que los salarios se deben comer por entero la caída de poder adquisitivo que afecta al país cuando crecen los precios foráneos. En el caso de nuestra historia económica reciente no está claro que el diferencial de inflación se haya debido a esta causa. Hay otros factores que han jugado, como los aumentos de beneficios en sectores poco competitivos (como es el caso de todo lo referente a ocio y restauración), o los aumentos de precios de servicios públicos. Sin contar que el índice de precios al consumo no ha incluido los precios de compra de viviendas que durante muchos años han tenido un crecimiento desbocado y han condicionado el gasto de muchas personas.

En España los salarios son bajos. Aunque su medición es siempre difícil, si tomamos una medida convencional, la que ofrece Eurostat para 2006 (último año para el que se dan cifras completas), el salario medio español equivalía al 68% de la media de toda la UE, y el 54% respecto al salario medio alemán. Si nos atenemos a la participación de los salarios en la renta, en la última década los ingresos salariales (salarios más seguridad social) han oscilado entre el 47 y el 49% de la renta total, mostrando una notable estabilidad. Pero ésta solo se ha mantenido a causa del continuado proceso de asalarización del país (reducción del peso de autónomos y aumento de asalariados). Si la proporción de asalariados se hubiera mantenido constante, los salarios habrían visto disminuir notablemente (unos 5 puntos) su participación en la renta. La razón fundamental no está sólo en las políticas de negociación colectiva (donde la moderación salarial con el objetivo de crear empleo ha estado presente), sino sobre todo a lo que llamamos “derivas” salariales provocadas tanto por los cambios en la estructura del empleo (crecimiento de sectores de bajos salarios) como de las políticas empresariales (externalización de empleos, sustitución de trabajadores antiguos por jovenes, etc.).

Es cierto que el sistema de negociación colectiva y de fijación de salarios requiere una reforma, Pero no por las razones que esgrimen nuestros neoliberales y que exige la señora Merkel. Sino porque nuestro sistema salarial rebosa de desigualdades, segmentaciones que en gran parte se explican por la inercia de un enmarañado y fragmentado sistema de negociación y por la debilidad estructural de la clase trabajadora, especialmente de la que queda fuera de las escasas “ciudadelas obreras en declive”. Pero para hacer una reforma que mejore la equidad y la racionalidad, que garantice un salario básico a todo el mundo, hace falta primero que los sindicatos aclaren sus propuestas, expliquen objetivos y avancen una plataforma. Algo que han sido incapaces de realizar hasta el presente porque el modelo sindical (incluido el de los sindicatos minoritarios implantados en algunas grandes empresas) ha sido más el de mantener las inercias que el de ofrecer una propuesta inclusiva para el conjunto de las clases trabajadoras, hombres y mujeres, de todos los sectores. Visto lo ocurrido con las pensiones nos tememos que, si este esfuerzo no se realiza, viviremos  otra vez el recorrido entre el “no pasarán” y la derrota presentada como victoria. O sea más moderación salarial y más desigualdades

LA SOSPECHOSA PREOCUPACIÓN DE OCCIDENTE POR LOS DERECHOS HUMANOS Y LOS PUEBLOS OPRIMIDOS QUE AMPLIAN MERCADO CON CHINA.

Los gobiernos occidentales tendrán muchos defectos; pero entre ellos no está una exquisita sensibilidad en lo referente a los derechos humanos de los súbditos que viven en países que posean materias primas de interés.
      ¿Desde cuándo ha empezado a importarnos las libertades civiles de los tunecinos, sirios, libios, egipcios, yemeníes, marroquíes, argelinos...? ¿Por qué hay tal unanimidad en defender la causa de los insurgentes, que tantas veces antes han sido masacrados, silenciados e ignorados?
      Como la geoestrategia es una ciencia con contornos precisos, donde entran los intereses financieros de las multinacionales y sus dividendos,  y jamás los derechos humanos ni nada que se le parezca, y como,   en el periodismo tradicional, es de rigor que  los corresponsales  ofrecezcan reportajes y análisis coloristas, de interés humano,  dignos del National Geographic, gracias al filón de los traductores y guías que contratan in situ, —que no están tan locos como para arriesgarse a un castigo ejemplar por bocazas—, y los análisis económicos no son del gusto del gran público, tendremos que conformarnos con los twitter que relatan las desiguales batallas entre manifestantes, pertrechados  con piedras, cánticos,  y un entusiasta deseo de libertad contra ejércitos y policías entrenados para matar con las armas que les han vendido los gobiernos occidentales, como el español.
      Afortunadamente esta bitácora no necesita ajustarse a las directrices  que dicten los accionistas de ninguna empresa editorial sobre los gustos y capacidad lectora del público, y podemos decir que las razones  para invadir  Irak fueron las medidas planteadas por Saddam Hussein para desbancar el dolar y utilizar el euro como moneda para las transacciones comerciales de los países productores de petroleo. A Estados Unidos, Ingleterra y España le importaba un guano el sufrimiento de los kurdos y los iraquíes bombardeados con fósforo blanco y otras armas químicas y bacteriológicas, y mucho menos las armas de destrucción masiva que pudiera tener Irak,  porque demasiado bien sabían que sólo poseía las que les vendían los traficantes de armas controlados  por los servicios secretos de los gobiernos  occidentales.
      Dejo aquí varios enlaces con las noticias que pudieran  estar en la base del súbito interés por los deseos y sueños de los jóvenes de los países árabes, coincidente con las inquietantes inversiones de China en el área:

23.2.11

¿QUÉ SON LAS mesas de convergencia ciudadana?


alt¿QUÉ SON LAS mesas de convergencia ciudadana?
Son espacios para el agrupamiento de aquell@s ciudadan@s que han decidido enfrentarse con hechos a una salida regresiva a la crisis provocada por las políticas neoliberales. Estas personas no tienen que estar de acuerdo en todo pero comparten un mínimo común denominador: el programa definido en el llamamiento.
El objetivo es ir llegando a más acuerdos e ir generando consensos cada vez más amplios. Sin embargo es importante que desde el primer momento se dejen fuera aquellos temas que dividan a los participantes y se trabaje sobre aquellos otros que ya están consensuados. Las mesas no persiguen un  objetivo electoral lo cual no quita para que puedan generar un ambiente propicio para el avance, también electoral, de proyectos unitarios opuestos al neoliberalismo.
¿Qué objetivos tienen las mesas?
1. Crear espacios de encuentro y de comunicación destinados a desbloquear viejos conflictos, a poner en contacto a personas ya activas, y a incorporar a gente nueva a la participación y la deliberación política. Este primer objetivo es importante pues los recelos y la comunicación deficiente son muchas veces el origen de la atomización, del debilitamiento de la izquierda y del alejamiento de much@s ciudadan@s de formas directas de participación política.  
2. Difundir el programa de mínimos, impugnar públicamente las salidas regresivas a la crisis y proponer salidas alternativas partiendo de las condiciones concretas de cada entorno local (barrios, pueblos, empresas etc.). El objetivo es que toda la ciudadanía sepa que hay otra forma de interpretar el origen de la crisis, que hay salidas alternativas factibles y que sus causantes están siendo sus principales beneficiados.  
3. Conectar las iniciativas de lucha y de protesta contra una salida regresiva a la crisis que ya existen con el fin de potenciar su efecto (creación de sinergias). Además se trata de lanzar iniciativas nuevas a medida en que se vaya ampliando el número de mesas y de participantes. 
4. Crear lazos y complicidades entre sus miembros así como desarrollar actividades lúdicas y recreativas. No se trata sólo de tomar iniciativas políticas sino de crear redes sociales basadas en la fraternidad, la solidaridad y la ayuda mútua. Cuanto más fuertes y amplios sean los lazos personales que consigan generar, más acciones informativas y reivindicativas se podrán poner en marcha.   
¿Cómo se deberían crear las mesas?
La forma más fácil de crear una mesa es partir del tejido participativo que ya existe o ha existido recientemente en el barrio o en la localidad. El primer paso es invitar a las personas ya activas, a las que lo han sido hasta hace poco y a otras que muestren interés en serlo a una ronda de contactos para explicarles el proyecto y proponerles un proceso de convergencia sobre la base de los principios del llamamiento.
Una vez reunidas al menos tres personas se procederá a la constitución formal de una mesa, a la elección de un vocal y a la definición de un nombre (por ejemplo: “Mesa del Barrio de Triana, Sevilla” o “Mesa Antonio Machado, Barrio de Triana, Sevilla”. Se procederá a levantar acta  de su constitución con el nombre de los primeros participantes y a mandar dicho material a la dirección web ***. A partir de ese momento la mesa estará conectada con el resto de mesas del Estado y la información puede empezar a circular en ambos sentidos.
Sus miembros harán pública su constitución en bares, espacios laborales y organizativos de todo signo e invitaran a todos los ciudadanos de buena voluntar a sumarse a ellas.
Es importante que las mesas vuelquen en la página web información sobre su andadura y  actividades: sus éxitos, las fórmulas que han dado buen resultado y las que no lo han dado tanto, los debates entre sus miembros etc. El objetivo es poner en marcha un proceso de aprendizaje colectivo y horizontal.
Asimismo se podrá solicitar colgar en la página web los materiales y aquellas informaciones adicionales que los miembros de la mesa consideren oportunos, aunque siempre respetando los objetivos generales del proyecto y el máximo respeto entre todos sus participantes.   
¿Cómo deberían funcionar las mesas?
Las personas que participan en las iniciativa de las mesas lo hacen a título individual y no como representantes de organizaciones, ONGs, sindicatos etc.. Participar en una mesa no es incompatible con la participación en cualquier otro espacio formal y informal.
Su ámbito de actuación principal es territorial (barrio, pueblo), pero también pueden circunscribirse al espacio laboral (empresa, universidad, facultad etc.). Existe la posibilidad de crear mesas temáticas paralelas basadas en temas específicos (mujer, medioambiente etc.) aunque el tronco del proceso son las mesas territoriales.
Las mesas tienen que tener un funcionamiento democrático, las intervenciones de sus miembros deben invitar a la comunicación, deben evitarse las formas que no promuevan el intercambio de opiniones y el respeto entre tod@ l@s participantes. Las actitudes sectarias deben ser expresamente rechazadas, pero también la cantonalización: cada mesa forma parte de un proceso diverso pero unitario de dimensión estatal y representa dicho proceso en su lugar de implantación. 
La prioridad de las mesas debe ser la acción, que tiende a unir, y no tanto el debate teórico e ideológico, que tiende a dividir. Hay que tener en cuenta que la mayoría de los participantes proceden de espacios y tradiciones distintos, que sus opiniones sobre muchos temas pueden ser también diferentes con lo cual es importante proceder de forma pragmática y apartar las diferencias en la medida de lo posible.  A medida en que se intensifiquen las actividades de las mesas y se consoliden los vínculos entre los participantes será más fácil abordar las diferencias ideológicas que puedan existir.
¿QUIÉN COORDINA LA ACTIVIDAD DE LAS MESAS?
En la Asamblea constituyente del proceso de creación de mesas de convergencia celebrada en Madrid el sábado 19 de febrero de 2011 se eligió una coordinadora encargada
¿CÓMO PUEDES CONECTAR CON LAS MESAS DE CONVERGENCIA?
Las Mesas de convergencia están allí donde hay personas dispuestas a crearlas. Todas ellas se coordinan a nivel estatal.
La información sobre sus actividades, ubicación y convocatorias se irá dando en la página web redconvergenciasocial.org
Y para conectar con la coordinadora de las Mesas se puede enviar un correo electrónico a mesasconvergencia@gmail.comEsta dirección electrónica esta protegida contra spam bots. Necesita activar JavaScript para visualizarla .
 

16.2.11

QUE QUEDE ENTRE NOSOTROS

Nuevo libro de El Garaje dedicado al mundo de la infancia
Un texto "de utilidad no solo para especialistas, sino también para padres, maestros, o cualquier clase de lector"




Autores: Ramón Cascado y Sara Blasco
ISBN: 978-84-938214-3-2
Páginas: 190, con cuadernillo a color de dibujos infantiles
Precio Venta Público: 15 euros





Cuaderno de crisis / 25

En mientrastanto.e Numero 88, del mes de febrero de 2011 por Albert Recio Andreu
De la huelga al pacto:¿el viaje a ninguna parte?
Escribo esta nota de oídas, sólo con la información que dan los medios y las páginas sindicales. Hay riesgo de error. Sería feliz si el próximo mes tuviera que desdecirme. Pero corriendo ese riesgo ahí van unas reflexiones de urgencia.
Que se den pactos no es malo en sí mismo. Aunque sean defensivos y en ellos se pierdan plumas. Las correlaciones de fuerzas son las que son y a menudo hemos de tragar píldoras amargas. Las elites dominantes y sus voceros de hecho estaban a favor de que el gobierno Zapatero aplicara reformas radicales sin negociar. Con ello se cobrarían dos pájaros de un tiro: profundizar su contrarrevolución social y ahondar el desprestigio social del PSOE. Esta misma será la razón que aducirán los dirigentes sindicales para justificar su postura: que han frenado las reformas más radicales y que han aislado a la derecha. Aunque el acuerdo tuviera estas características queda por ver que ocurrirá en los trámites parlamentarios y cuál será la respuesta de una patronal cada vez más envalentonada por la debilidad del adversario y los presagios electorales.
No está claro, sin embargo, que lo conseguido en la mesa de negociación signifique un cambio substancial frente a la propuesta del gobierno. Los sindicatos habían estado todo el otoño hablando de cuestiones “innegociables” como la retirada de la reforma laboral y el aumento en la edad de jubilación (de la tercera pierna de la reforma, la de la negociación colectiva, no han hablado mucho). Por lo que ahora sabemos de la reforma laboral, lo único que ha cambiado es la eliminación de las pérdidas futuras como causa del despido objetivo y una redacción menos “liberal” del reglamento de empresas de colocación. De la reforma de las pensiones se acaba imponiendo los 67 años (pero se amplía el período de transición al nuevo modelo y se modera el aumento de años de cotización necesarios para alcanzar el derecho a jubilarse a los 65 sin penalización), se amplia el período de cálculo a 25 años y se introducen medidas correctoras para algunos colectivos (becarios, mujeres que aceptan una excedencia para cuidar hijos) a los que se les conceden dos años de rebaja. De la reforma de la negociación colectiva de momento sabemos poco, aunque vuelve a sonar la música de la flexibilidad. Si esto es todo, ni se ha derogado la reforma laboral del pasado verano, ni se ha frenado sustancialmente el recorte de las pensiones futuras (las primeras estimaciones apuntan a una reducción del 20% de las pensiones medias), ni se han cambiado los factores de inequidad del sistema actual. No se contemplan por ejemplo las desigualdades en materia de salud, en trayectoria laboral a que dan lugar los diferentes tipos de empleos y que castigan particularmente a los trabajadores de niveles inferiores de la pirámide laboral. La esperanza de vida y, sobre todo, los años de vida con buena salud son muy diferentes según la experiencia laboral (no sólo en el caso de algunos empleos “penosos”). Tampoco se contemplan otras salidas temporales del mercado laboral que no sean la de crear nueva fuerza de trabajo (por ejemplo, se ignora la cuestión del cuidado a mayores o enfermos, dando por asumido que las cuidadoras de niños deban ser necesariamente mujeres). Simplemente, se han atenuado alguno de los efectos a cambio de legitimar la totalidad.
Dado el grado de debilidad de la clase trabajadora, la fuerza de los poderes financieros y la ideología dominante en las elites gobernantes, lo conseguido es posiblemente el máximo a que se podía llegar. Al menos en una negociación a puerta cerrada, sin movilización social ni un mínimo debate social. No en vano la semana pasada los ínclitos economistas de Fedea, convencidos de la debilidad del enemigo, seguían clamando que era mejor una reforma de verdad que un pacto. Lo que resulta más discutible es si lo conseguido ha valido lo suficiente para equilibrar el coste social que ha generado la forma como los sindicatos han gestionado la operación.
Lo que gana el Gobierno con el pacto es sobre todo hacer aparecer a UGT y CCOO como cofirmantes de una reforma que la mayoría de la población percibe como un verdadero retroceso social. Ya se encargarán los medios de reforzar esta imagen de coautoría sindical en la reforma de las pensiones. Los sindicatos sólo pueden aducir que han rebanado levemente los recortes pero a cambio de romper con su discurso anterior y de dejar a su base social aún más perpleja y desanimada que nunca.
Este es para mi el quid de la cuestión. CCOO y UGT llevaban meses denunciando las reformas del gobierno, organizando movilizaciones (aunque ya en diciembre se vio que faltaba empuje), señalando algunas “líneas rojas” que no se podían traspasar. Esta actitud tenía al menos el valor de crear una cierta conciencia social, una cultura de los derechos sociales. Con pocos resultados a corto plazo pero capaz de generar nuevas actitudes sociales. Para avanzar en esta línea era necesario profundizar en la explicación y perfilar el programa. Explicar insistentemente a la población trabajadora el alcance de las reformas en marcha, sus efectos futuros. Profundizar en las contrapropuestas y reivindicaciones, en desarrollar propuestas reformistas claras. Abrir el espacio de alianzas hacia otros sectores sociales, con objeto de mejorar las propias propuestas y ampliar la densidad social de la  respuesta. Encerrarse a negociar con el Gobierno (sin una clara explicación de cuáles son las propuestas que se van a defender, aquello en que no se puede ceder, aquello que es deseable negociar) es la peor forma de avanzar en esta dirección. Para muchas personas, entre las que me incluyo, ha sido difícil entender cómo hemos pasado en pocos días de una llamada a la movilización a una negociación a puerta cerrada de la que sólo se nos permite conocer el resultado final. Uno está tentado a pensar que a los dirigentes sindicales les ha podido más su hábito de profesionales de la negociación que la necesidad de dar respuestas estratégicas a una situación realmente hostil. Puede que en lo primero hayan tenido algún éxito, pero con el grave riesgo de ahondar la apatía, el desánimo y el miedo que hoy atenaza a millones de personas en todo el mundo y sobre el que se consolida la sinrazón neoliberal. No veo cómo van a afrontar con estas fuerzas el huracán que ya empieza a soplar para desmantelar los elementos más protectores de la negociación colectiva.
Negociar sólo de cuestiones sociales, sin entrar en terrenos como la reforma del sistema financiero, o el tratamiento de la crisis hipotecaria, es una muestra más del carácter subsidiario que se da a los representantes sindicales. Sólo se les considera aptos para negociar lo que afecta directamente al mundo laboral, mientras que la gestión económica se deja a los dictados de los expertos y de los empresarios. Peor que las concesiones concretas es que se ha perdido otra oportunidad de realizar pedagogía social, rearme democrático de la población. Y se ha puesto otro peldaño en esa construcción imaginaria que día a día sostiene que “no hay otro mundo posible” y que a las clases subalternas sólo les queda conformarse y, como mucho, pelear por moderar levemente la profundidad de los recortes.
El gran asalto a las cajas
En mi infancia me enseñaron que las Cajas de Ahorros eran una institución distinta a los bancos. En mi ciudad aún estaba vivo el recuerdo de la quiebra del Banco de Barcelona que había arruinado a personas modestas. Las cajas, en cambio, eran vistas como instituciones no especulativas, defensoras del ahorro de los menos ricos, instituciones amigas del entorno (en las escuelas de mi barrio eran habituales los premios en forma de pequeños depósitos: los escolares ahorrábamos sumas modestas mediante la compra de unos sellos pensados para alentar una cultura de la responsabilidad). Esta figura de las cajas como instituciones sociales empezó a quebrar con la liberalización financiera de principios de los ochenta y la transformación de estas instituciones en operadores financieros normales de la mano de una camada de dirigentes formados en las escuelas de negocios. Aunque resulta evidente que se ha ido difuminando su diferencia con los bancos, ésta ha persistido en ciertos aspectos: las condiciones laborales, los retornos a la comunidad (pese a que hay mucho de criticable en las obras sociales de las cajas, sobre todo de exceso de acciones publicitarias, salen bien paradas cuando se las compara con los bancos privados) e incluso la implicación en la financiación del tejido productivo local. (No era impensable que una mayor democratización de sus órganos directivos las hubiera podido convertir en impulsoras a gran escala de la economía social). Por ello, con todos sus aspectos criticables, seguían apareciendo, a ojos neoliberales, como una “peligrosa anomalía económica”.
Por tanto, hacía tiempo que las cajas españolas estaban en el punto de mira de los funcionarios del gran capital financiero. Ellas mismas han contribuido a su desmatelamiento con errores propios, especialmente el de subirse al carro de la especulación inmobiliaria a gran escala. Si la gran banca española está saliendo mejor parada de la crisis que las cajas no es tanto por su “eficiencia” como porque su internacionalización previa (explotando chollos financieros como el de las pensiones privadas latinoamericanas) les ha permitido compensar los problemas locales. La crisis actual esta siendo, para los intereses dominantes, como el cerdo: todo resulta aprovechable. Y tras el mercado laboral y las pensiones ahora toca que las cajas sean “reformadas” (seguramente con el caluroso apoyo de algunos de sus directivos formados en cualquier “Business School” local o yanki y esperanzados con que con la transformación podrán obtener los generosos “bonus” que reciben las cúpulas bancarias). La secuencia del proceso constituye en sí misma una maniobra clásica de golpe de estado: primero se dice que deberán alcanzar un determinado grado de solidez financiera, después se anuncia que ésta deberá ser superior a la de los bancos (ya se sabe: la economía social es menos fiable y hay que asegurarse) y finalmente se afirma que las entidades que no alcancen dicha solidez serán “nacionalizadas” (o sea que pasarán por un programa de saneamiento financiado por la colectividad) como paso previo a su venta total o parcial a inversores privados. También pueden acortar el camino y optar de entrada por la venta al capital privado (es lo que ya ha anunciado la Caixa, una de las instituciones más sólidas). Vistas en perspectiva, las tormentas financieras recientes que asolaron al país parecen ser el mismo tipo de maniobras de amedrentamiento que realizan los “señores de la guerra” o las mafias cuando quieren conseguir que alguien les ceda un activo o les “solicite” protección.
Si la rendición final se produce en estos tiempos casi todo lo indeseable acaba por ser inevitable estaremos expuestos a nuevos problemas. De una parte, toda la experiencia anterior de liberalizacion financiera y de privatización en lugar de redundar en la pretendida competencia creativa se ha traducido en un mero proceso de oligopolización económica. Esto ha ocurrido claramente en el sector bancario, donde hemos acabado, como en la liga de fútbol, con sólo dos grandes grupos. Y también ha pasado en el resto de sectores privatizados. No hay ninguna razón para que esto no vuelva a ocurrir con las antiguas cajas. Quizás lo único que ganaremos es que a todo el mundo le queden más claros quiénes son los “amos” del país. La otra posibilidad es que, al menos en un plazo inmediato, la privatización sea una puerta de entrada de los fondos financieros, siempre ávidos de entrar en aventuras cortoplacistas. Y sus efectos especulativos se pueden dejar sentir en muchos campos: nuevas operaciones especulativas en el campo financiero, tratamiento más duro de la clientela e incluso impactos negativos en las redes de empresas locales que aún dependen de las cajas. Teóricamente las cajas preservaran su obra social mediante el cobro de dividendos de sus bancos participados, pero la pérdida de control de la gestión directa refuerza la posibilidad de que estos ingresos disminuyan por cambios en las políticas de gestión (retribuciones a los altos directivos y a los inversores privados, desvíos de fondos mediante operaciones financieras “ad hoc”, etc.)
Aunque el final parece inevitable hay que seguir insistiendo en que la participación pública en las entidades debería ser el embrión de una nueva banca pública y no una mera etapa hacia la privatización. Y deberíamos plantear directamente la cuestión a “nuestros” teóricos representantes en los consejos de las cajas (representantes de sindicatos, impositores, corporaciones locales) para que reviertan el proceso. Porque el triunfo de los mercados es en gran parte el producto de la dejación de responsabilidades de los presuntos representantes de los intereses colectivos.

 
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